4.28.2010

Capítulo 2 - Parte III

Arturo echó a correr como alma que llevaba al diablo, había aprovechado aquellos momentos solitarios de la calle para lanzar un proyectil contra la ventana del primer piso, donde sabía que vivía quien le había visto la noche anterior mientras llevaba a cabo su asesinato. La dirección de la chica la había descubierto esa misma mañana cuando, mientras daba vueltas por el barrio en busca de ella (pues no debía andar muy lejos) vio al chico con una moto esperando cerca de un portal. Y justo. Apareció la chica. Le bastó sólo un poco más de tiempo para verla a ella pululando por su dormitorio y el salón. Y era el momento de lanzar una advertencia.

. . .

Nora se asomó al ladrillo, pero lo máximo que pudo distinguir fue una figura oscura que ya giraba la esquina.

—¿Qué demonios…? –su voz denotaba cierto enfado.

Elicia siento un repentino e irracional miedo y le flaquearon las piernas. Pero supo sostenerse en pie. Supuso que el susto de la noche anterior seguía afectándola y pasó del tema, no reparó en más.

—Bah, mamá, habrá sido un gamberro, tranquila –intentó calmarla.

Pero era imposible. El sudor de la mujer se extendía ahora por sus mejillas, y no hacía más que llevarse constantemente una mano a la cabeza y pasársela por su oscura cabellera en señal de preocupación.

—Llamaré a la policía y luego a tu padre –determinó por fin.

Elicia estaba preocupada. Su madre era una mujer nerviosa que se alteraba con lo más mínimo que pudiera modificar su rutina, y aún consciente de ello, no era capaz de auto controlarse. Además, después de descubrir que su hija había tenido una pequeña escapada nocturna y que no había tenido el valor de contárselo, los ánimos en casa estaban algo crispados.

— ¿Policía? Sí, llamo desde... –oyó Elicia decir a un agente mientras tomaba asiento en el sofá. La muchacha se evadió mientras sentía el aire fresquito que entraba por la ventana introducirse en su nariz y posteriormente en sus pulmones con energía. Veía a su madre pasear de un lado a otro de la estancia, sintiéndose por un momento culpable de no ser partícipe de sus nervios y de no ayudarla a combatirlos, pero también conocía demasiado bien a Nora y sabía que el simple hecho de proporcionarle un par de palabras de aliento haría saltar la chispa.

Tras al menos media hora, Nora por fin colgó el teléfono. Para Elicia había sido una eternidad. La miró interrogativa.

—Tu padre vendrá a la hora de siempre, le he dicho que yo me encargo -«como de costumbre» pensó Elicia para sí. Su madre siempre quería hacerlo todo ella, pues pensaba que los demás la estorbarían en su tarea. Ya sabes: “si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo” y sobre ese lema se regía su madre- y la policía viene hacia aquí. ¿Crees que lo tomarán por una chiquillada y lo dejarán de lado?

—No sé, mamá, no soy policía –se limitó a contestar Elicia, casi sonriendo porque su progenitora había olvidado la parte del cuerpo de la chica que tocaba el suelo.

—Bueno, en lo que vienen y no, explícame lo de anoche –dijo, mostrándose autoritaria mientras se sentaba a su lado.

A Elicia se le apagó su carcajada interna.

—Mamá, no creas que salí conscientemente –comenzó, para calmar las aguas- no… no sé cómo lo hice, de hecho, estaba dormida –se permitió bromear. Juraría haber arrancado una fugaz sonrisa a Nora- y… no sé, sólo sé que soñaba con algo muy agradable que de repente se tornó oscuro…

—Concreta más, hija –su madre no podía evitar querer saberlo todo e intentar psicoanalizar a la gente.

Elicia bufó exasperada. ¿Cómo podía explicarle a su madre el extraño sueño que había tenido? Hizo un intento que no salió bien.

—Lo único que recuerdo de mi sueño es que iba por un mundo muy extraño…entraba en un palacio de cristal…y avanzaba por un pasillo muy oscuro y…entonces vi un mar rojo…sangre—. Elicia palideció al recordar su sueño. No había sido agradable. El asesinato que vio en su sueño al parecer había sido real. Pero…pero en el fondo había sido un sueño, ¿no? La chica se sintió muy confundida.

Nora suspiró.

—Mañana irás de nuevo a la consulta de la señora Martín. Es una buena psicóloga y cobra poco. Voy a pedir cita.

—¡Mamá, no! ¡Otra vez no! ¡Desde lo del puticlub me prometiste que se acababan los psicólogos!

Nora la agarró por los hombros y la miró fijamente, intentando hacerla comprender.

—Lo hago por tu bien, Elicia. Me preocupa lo que pueda pasarte y está claro que esto del sonambulismo es aún más grave de lo que pensé. Vas a ir y no hay más que hablar.—terminó de forma autoritaria. Cualquier rastro de ternura que hubiera podido haber en su voz desapareció, y su hija le lanzó una mirada fulminante.

La adolescente se hundió en el sillón y Nora ya volvía a la cocina, pero cuando estaba en el marco de la puerta, se volvió.

—Y por cierto, estás castigada tres semanas sin salir.

Entre los gritos y las quejas, ambas se olvidaron momentáneamente del ladrillo.

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Perdonad la tardanza, pero la inspiración a veces cuesta lo suyo que aparezca y hemos estado algo ocupadas con el instituto >.<>

Y muchas gracias por los comentarios, sabéis que se agradecen muchísimo :D.

4.17.2010

Capítulo 2 - Parte II


. . .

Lo que le faltaba al bueno de Arturo. La chica había encontrado ayuda para escapar, y ahora su amigo lo sabría todo. Estaba convencido de que ella no habría dudado en relatarle lo que había visto al rubio, y estaba seguro también de que la policía no tardaría en ir a buscarle si no se daba prisa en asesinarlos a ambos. Una llamada al móvil interrumpió sus divagaciones.

—¿Arturo? –preguntó una voz áspera.

—¿Sí, señor?

—Lo hiciste bien, ¿no? –quiso saber el interlocutor.

—Todo salió perfecto –mintió. Sabía que si su jefe o el cliente para quien había llevado a cabo el asesinato se enteraban de algo, él era hombre muerto. Y no tenía ninguna gana de probar el filo de su propio cuchillo. Eso era cosa suya. Se encargaría de que sus dos corazones dejaran de latir y nadie se enteraría de nada. Para eso era un gran profesional y llevaba años en el oficio.

—¿Seguro? –al jefe le gustaba asegurarse de las cosas. La mayoría de las veces notaba cuándo algo iba mal y viceversa. La edad le había ayudado a identificar a los mentirosos, a los desastrosos, a los buenos y a los que no lo eran tanto. Era difícil engañar a alguien así.

—Seguro –mintió otra vez. Y tragó saliva.

. . .

Elicia se sentía mayormente confundida. Estaba despatarrada en la cama, leyendo el último tomo de su manga favorito, comiendo chetos, y pensando. ¿En qué pensaba? En muchas cosas. En Leo. En decirle a su madre sobre su pequeña aventura. En esa escena tan extraña que vio. En Leo. En hacer las paces con Alexis. Oh, y en Leo. Con un suspiro cerró el manga recién terminado, y en vez de coger el siguiente de la pila, escondió la cabeza bajo la almohada. Por alguna extraña razón, no se sacaba a ese chico de la cabeza. Era molesto, extraño.

Cogió el Mp3 que tenía en la mesita de noche y se puso los cascos para escuchar un poco de buen rock que le aclarara las ideas. Cuando tuvo la voz grave y ronca de Chad Kroeger martilleándole la cabeza, cogió el bloc de dibujo y se sentó con la espalda recostada a la pared. Pensó una vez en la escena que había visto de refilón. El cuchillo. La sangre. Empezó a dibujar. Su trazo era ligeramente tembloroso, y definitivamente podía hacerlo mejor. Arrancó la hoja, la arrugó y volvió a empezar.

En la próxima hora, haría eso casi diez veces.

Finalmente, cuando el dibujo empezaba a tomar forma, la música terminó. La habitación quedó en silencio, pero Elicia no se percató de ello, absorta en su dibujo. Cogió un lápiz rojo para remarcar los últimos detalles…y sonó el timbre. El insistente sonido la asustó, ocasionando que en un mal movimiento, el dibujo quedara adornado con un enorme rayón carmesí. Echa una furia, se quitó los cascos silenciosos, y fue a abrir la puerta.

Fuera quien fuera, iba a morir.

Era Alexis.

La furia de Elicia desapareció repentinamente, para ser sustituida por una extraña vergüenza e incomodidad que nunca antes había sentido. No se habían dirigido palabra en todo el día, así que la chica no supo cómo comenzar la conversación. Alexis, en cambio, parecía tener muy claro que quería. La abrazó.

Fue algo repentino, y Elicia soltó una exclamación ahogada. Alexis nunca la había abrazado de esa forma, como si temiera perderla. Era…era diferente. El abrazo la ahogaba, no la dejaba respirar, pero en cierta forma era cálido, reconfortante. Estuvieron así un par de minutos, hasta que Alexis se alejó. Tenía una mirada triste, pues no había pasado por alto que Elicia nunca respondió al abrazo. Aún así, esbozó una sonrisa.

—Me lo debías. Al menos esto.

La forma en la que lo dijo, hizo que Elicia se sintiera más y más culpable. Cómo si realmente estuviera haciendo algo mal. Había estado mirando el suelo como si fuera la cosa más interesante del mundo, pero en ese momento alzó la vista y le sonrió a Alexis.

—Me he comprado el último tomo de Naruto. ¿Quieres pasar y te lo presto? Nunca adivinarás quien ha llegado a Konoha—le dijo de forma burlona.

Él se echó a reír mientras entraban.

Quizá aún podían recuperar la amistad.

. . .

Esa noche, Elicia estaba radiante, feliz como unas castañuelas. Nora, que acababa de llegar del hospital, la miraba de forma curiosa, preguntándose qué habría pasado para que la tristona Elicia que desayunó sin ganas esa mañana, se hubiera convertido en la reina de “happylandia”.

—Elicia, cariño—la llamó su madre, llena de curiosidad. La chica bailoteó hasta la cocina—. ¿Te ha pasado algo bueno hoy? Pareces bastante más animada que esta mañana.

Ella asintió con una amplia sonrisa.

—Alexis ha venido y hemos estado discutiendo sobre Naruto.

Nora alzó una ceja sin comprender. ¿Y eso la había animado tanto? Nunca comprendería cómo podían gustarle esos muñecajos que veía. Con un suspiro, puso a freír croquetas pre-congeladas.

—Hazme un favor y ponte a pelar unas cuantas patatas. Hoy no tengo ganas de cocinar…dios, ha sido un día agotador.

—¿El señor Díaz ha vuelto a intentar ir al baño por si sólo?

—No, peor. Paciente nueva, que se niega a aceptar el tener que vivir en un hospital.

Elicia rió mientras seguía pelando las patatas.

—Esas son las peores. En fin, ya sabes lo que dicen: Hoy fue un mal día, mañana irá mejor.

Nora la miró una vez más sin comprender de dónde salía todo ese optimismo. Mientras observaba a su hija, bajo la vista y se fijó en sus pies. Parpadeó un par de segundos confundida. ¿Vendas? ¿Qué demonios…?

—Elicia, ¿te has hecho daño en los pies y no me lo has dicho?

Elicia paró de cortar las patatas repentinamente y tragó saliva. Oh, no.

—Sí, bueno…es que ayer por la noche salí. Y me hice daño—musitó.

Nora empezó a enfadarse.

—¿Cómo pudiste salir si cerré tu habitación con llave?

—Eh…no sé, cosas del sonambulismo, ya sabes. Uy, llaman a la puerta, voy a abrir.

Nora se encontraba muy cabreada mientras veía a su hija correr hacia la puerta.

—¡Elicia Ibáñez Cruz, a mi no me vengas con esas! ¡Nadie ha llamado a la puerta, y tú te vas a sentar aquí, y explicarme cómo saliste de tu habitación!—le chilló Nora.

Pero cuando la chica fue a hablar, un sonido las calló a ambas. Un ruido potente, cómo si se hubiera roto algo de cristal. Corrieron al salón, dónde vieron la ventana principal rota, y un ladrillo sucio descansando sobre el parqué.

. . .


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Sentimos que haya pasado casi una semana entera desde la última actualización, pero hemos estado muy ocupadas D:
¡Gracias a todos los que comentan/leen!

4.10.2010

Capítulo 2 - Parte 1

¡Gracias a todos por vuestros comentarios! Nos hacéis muy felices con ellos :D esperamos que os guste el capítulo dos más que el anterior ;D

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2

Huyamos

Cuando entraron en la tienda vieron a un chico desgarbado y lleno de granos desparramado en un asiento al lado de la caja registradora. Tenía los cascos puestos y estaba leyendo el último número de “Interviú”. Ni se percató de la presencia de los dos adolescentes que entraron escopetados en el que sería su refugio. Leo jadeó agotado y dejó a Elicia sobre una silla de plástico que costaba 13,99 €. No pasó mucho antes de que la chica se quejara suavemente y Leo se dio cuenta de que tenía los pies hechos un desastre. Suspiró, y fue hacia la zona de toallitas húmedas, compresas y vendas. ¿Cómo demonios se había metido en se lío? Ni siquiera él mismo lo sabía. Pero cuando miraba a la rubia, la veía tan frágil y desamparada que algo se le removía por dentro.

Sacudió la cabeza. Todo parecía por completo una película de acción, y de las malas, de esas en las que te quedas dormido a los quince minutos. Pero, ¿sabéis qué? No era una película de acción.

Se acercó a la chica sonámbula y le ofreció las toallitas Nenuco. Ella las cogió con cierto recelo y pesadumbre. Empezó a limpiarse los pies tranquilamente, quitando los vidrios y cristales. Casi parecía acostumbrada a ese tipo de labores. Mientras, mascullaba maldiciones por lo bajo, claramente enfada. Leo alzó una ceja.

— ¿Cómo te llamas?

Ella le miró alzando la vista.

—Elicia. ¿Y tú…?

—Leo. No eres de por aquí, ¿no?

Definitivamente no era cómo las chicas de ese barrio. Parecía algo estirada, como las que vivían en el barrio pijo de la ciudad.

—Me parece que no. Al menos yo soy de Rosas.

Bingo. Leo suspiró antes de tenderle las vendas que había cogido. Elicia trató de ponérselas ella misma, pero le costaba, quizá por el cansancio que llevaba encima, quizá porque estaba hartándose. Leo chasqueó la lengua.

—Déjame a mí.

Elicia se puso colorada, pero no dijo nada. Dejó que Leo le vendara con suavidad los pies, sintiendo extraños escalofríos recorrerla. Se sentía nerviosa. Normalmente le pasaban cosas extrañas, pero, ¿qué un asesino los persiguiera, y terminara dentro de una tienda 24 horas con un chico así de guapo? Acababa de batir su propio récord. Elicia se cogió de un cajón unas pantuflas a dos euros, pero no quería robar y se sintió mal por no llevar dinero encima. Leo se dio cuenta y suspiró.

Se acercó al chico de los granos y le quitó la Interviú con brusquedad. Por fin, este reaccionó con un quejido

— ¡Eh! ¿Se puede saber que estás haciendo?

Leo dejó diez euros sobre el mostrador.

—Espero que esto pague lo que hemos cogido—dijo señalando el pequeño estropicio que habían montado en la tienda. El chico los miró incrédulo, pero cuando ya iba a quejarse, habían desaparecido misteriosamente.

. . .

Ya en la calle, Elicia se dio cuenta de que el sol comenzaba a despuntar por el horizonte. Debían ser las seis o las siete. Tenía clase, y una vida a la que volver. Miró a Leo, que estaba caminando tranquilamente hacia calles que no conocía, y se miró a sí misma, cubierta simplemente por un pijamita. Sentía vergüenza y molestia. Quería llegar a casa y fingir que todo había ido bien.

Se puso al paso de Leo, siguiéndole, para preguntar dónde había una parada de autobús. Pero él sonrió.

—Tengo algo mucho mejor—fanfarroneó. La llevó arrastras hasta un viejo garaje no muy lejos de allí, que abrió a patadas por el mal estado de la puerta. Dentro, entre una nube de polvo, descansaba una Harley roja que tuvo mejores tiempos. Leo le ofreció un casco mientras sacaban la motocicleta fuera, a la calle. Elicia dudaba. Era su mejor oportunidad para llegar a casa a tiempo, y además… ¿por qué no fiarse de él? Técnicamente, le había salvado la vida al despertarla.

Se subió a la moto con cuidado, y arrancaron deprisa, perdiéndose entre las calles. El chico la dejó justo frente a la puerta de su casa, memorizando el número sin apenas darse cuenta. Elicia se despidió agradeciéndoselo profundamente y subió corriendo las escaleras del rellano hasta su piso. Entró sin hacer ruido, y sin hacer ruido se desplomó en la cama. Toda una aventura. Pero lo peor, es que había ocurrido de verdad.

Intentó dormirse, pero quince minutos después, sonó el despertador.

Elicia abrió los ojos y suspiró.

Menuda noche.

. . .

El timbre que anunciaba el fin de las clases resultó para Elicia un alivio. Durante la mañana había tratado de evitar las punzantes miradas de Alexis a lo largo de la clase de matemáticas, la de lengua, la de historia y la de biología, y dio gracias al cielo por inventar las asignaturas optativas. Por otro lado, otra de sus grandes luchas ese día había sido intentar mantener sus párpados levantados, y su atención en “on”, y aunque lo segundo estuvo permanentemente en “off”, logró al menos tener los ojos abiertos durante el ochenta y cinco por ciento de la mañana.

Sus amigos la encontraban rara, de hecho, invirtieron tiempo, sudor y lágrimas en averiguar qué le ocurría. Pero ella no quiso contarles nada. Nada de nada. Prefería mantenerlo en secreto.

Caminaba lentamente hacia su casa sintiendo ya los pies recalentados y algo doloridos. Las vendas no se habían canteado durante el día, y eso ayudaba a su rehabilitación. Elicia llegó al portal y metió la llave en la cerradura.

—¡Elicia! –gritó una voz masculina a sus espaldas.

Ella se giró, confusa. Aquel timbre le resultaba familiar, cercano. Entonces vio a un chico rubio acercarse. Llevaba un casco en la mano derecha y una chaqueta negra que la chica recordaba haber tocado.

—Eres Elicia ¿verdad? –preguntó el joven con el corazón latiendo fuerte por los nervios.

«Leo» fue lo único que pudo pensar ella «el chico de anoche… el que me ayudó» recordó. Sus mejillas se tornaron rojas al recordar el episodio.

—Es que hoy he salido antes del instituto –explicó– y como me acordaba del número he venido a ver qué tal estabas –se llevó una mano a la nuca, sintiéndose ridículo.

La chica le miró, sorprendida y agradecida al mismo tiempo. Nunca nadie se hubiera preocupado por ella de ese modo. Otro la hubiera dejado tirada en mitad de la calle tachándola de loca por salir en pijama en mitad de la noche y sin reparar en que era sonámbula. La hubieran abandonado a su suerte. Pero Leo resistió a la tentación de marcharse a su casa y la ayudó.

—Ah, eh… pues bien. Bueno, no he dormido nada y casi me duermo en clase, pero a fin de cuentas sana y salva. Gracias a ti –añadió, avergonzada de nuevo.

—No fue nada –restó importancia el chico– ¿y tus pies? –quiso saber.

—Me duelen un poco, pero van sanando. Tus vendas están muy bien puestas.

El chico se sintió halagado y también pudo sentir cómo sus mejillas se encendían ligeramente. Hasta ese día, él siempre había pensado de sí mismo que era un chico fuerte y que ninguna chica podía “tocarle la fibra”. Consideraba que los sentimientos eran cosa de débiles. Pero entonces se halló a si mismo en un mar de dudas. Confuso consigo mismo, con su comportamiento: se había saltado la última hora de clase por ver a Elicia.

—Bueno… eso es normal. Poco a poco se irá curando –sonrió.

—Eso espero. Oye, ¿te apetece entrar? –preguntó ella, señalando el portal.

—Gracias, pero no puedo. Tengo que ir a casa y esas cosas –dijo él, poniéndose el casco y abrochándoselo fuerte.

—Bueno, pues… hasta otra –se despidió Elicia, dejando ver una nota de tristeza en su voz.

—Adiós –se despidió él sin más. Mientras montaba en la moto reparó en el sonido de la voz de ella, y mientras avanzaba hacia el semáforo giró la cabeza, buscándola, pero ya había entrado en el portal. Quería volver a verla.

4.05.2010

Capítulo I - Parte 3

Muchas gracias a todos los que nos comentaron o siguieron, ya sea en Tuenti o por aquí :3
¡Gracias! Esperemos que disfruteis con el final del capítulo ~
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—¡Adiós, Leo! –chilló una chica cuyo aliento desprendía un fuerte olor a JB y cuyo cuerpo se tambaleaba de un lado a otro.

Él despidió a su amiga y al resto del grupo con un vago gesto de mano. Un día más había salido hasta las tantas de la madrugada y una vez más había bebido alcohol en compañía de quienes consideraba casi su familia. Aquel día Leo había tomado apenas un par de vasos de ron al inicio de la tarde. No tenía ganas de emborracharse. Ya tocaba marchar a casa. Dio una patada a una lata de coca cola que descansaba en mitad de la acera como prueba de que alguien hoy tal vez había podido pasarlo bien.

Caminaba con la cabeza agachada y las manos en los bolsillos de sus caídos vaqueros. Su chaqueta negra desabrochada ondeaba como podía al viento, que maltrataba la fina camiseta gris del muchacho. Se llevó una mano a su rubio y liso cabello para ordenarlo y alzó sus ojos marrones un instante para comprobar que iba por el camino adecuado.

Continuó paseando con tranquilidad por la calle, iba sobrado de tiempo y no quería andarse con prisas. De repente, otro cuerpo chocó con él, y se vio en la obligación de sujetarlo para que no cayera al suelo.

—Lo siento, no miraba por dónde iba ¿te has hecho daño? –preguntó, buscando la mirada de lo que ahora distinguía como una chica. Pero ella no contestaba. Leo, tomó la barbilla de la chica con infinita delicadeza para alzar su rostro, y descubrió entonces que estaba dormida. Miró su camiseta– va en pijama –musitó– eres sonámbula –dijo en voz más alta. Por lo que había escuchado, no se debía despertar a un sonámbulo de golpe, puesto que podría provocarle alguna clase de daño. Mientras la sujetaba, ella luchaba por seguir adelante, por escapar. Gemía, muerta de miedo– tranquila, tranquila, estás a salvo, aquí no pasa nada –se apresuró a susurrar.

Un par de brazos fuertes la sujetaron, y una voz masculina le susurró en el oído palabras de alivio. Se sintió agradecida y vio cómo el paisaje cambiaba a su alrededor, espantando así la luz a la oscuridad y al peligro que iba con ella, y entonces…

Elicia despertó. Sus ojos se acostumbraron rápido a la escasa luz de las farolas de la calle. Se encontró entonces con dos ojos color café que la miraban con serenidad. La muchacha no entendía la situación y se zafó de los brazos del chico, recordando de golpe su sueño.

—Perdona, es que… es que nos chocamos. Estabas corriendo y bueno, te sujeté y…

—Es… es muy tarde –musitó ella– y estoy en pijama –dijo– será mejor que vaya a casa –musitó.

—Si quieres te puedo acompañar –dijo él, aunque en el fondo le hubiese encantado no sentir aquella vocecilla que le obligaba a ser cortés para haberse escaqueado por la tangente.

—No, de verdad, no hace falta. Vivo aquí al lado. Creo –añadió.

En ese momento, un hombre giró la esquina. Sus ojos centellearon de emoción al identificar a la muchacha del callejón, a la que le había visto llevando a cabo su ardua tarea. Llevaba una chaqueta de cuero desabrochada y unos vaqueros desgastados que apenas resistían al frío.

Leo alzó la mirada y vio al hombre acercarse. Estaba a punto de marcharse a su casa cuando el viento apartó por completo un lado de la chaqueta del extraño que se acercaba, dejando ver un cuchillo morando en su cinturón cuyo mango se hallaba manchado de un líquido rojo, que bien podría haber sido sangre. Leo deshizo los dos pasos que había dado y agarró del brazo a la chica.

—Corre –se limitó a decir.

Asustada y sin mediar palabra, Elicia se apresuró a cumplir la orden, pero entonces sintió dolor en sus doloridos y ensangrentados pies.

—Ah, me duelen los pies –se quejó, notando cómo sus ojos se empañaban.

—Mierda –se quejó él.

Ella se sintió culpable, pero no había tiempo para eso. Leo la cogió en bolandas y echó a correr calle abajo sin saber muy bien a dónde ir.

—¿A dónde vamos? –preguntó ella, muerta de miedo, agarrando con sus temblorosas manos la chaqueta del chico.

—No tengo ni idea –respondió entre jadeos– vamos a intentar despistarle.

Giraron a la izquierda y en la siguiente por la derecha. A mitad de esa calle, un cartel luminoso casi hizo saltar de euforia al muchacho.

—¡Una tienda de veinticuatro horas! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? –y, raudos, entraron dentro entre los jadeos de cansancio de Leo, que llevaba ya la lengua afuera.

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Y ahí termina el cap I .3. Mañana o pasado, cacho del cap II xD.


4.04.2010

Capítulo 1 - Parte 2

Bueno, aquí un cachito más ;) muchas gracias por los comentarios :D esperamos que ésta parte os guste más que la anterior ^^

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Elicia no podía dormir. Daba vueltas en la cama una y otra vez, revolviendo las sábanas y enredando su cabello. Lo tengo demasiado largo, pensó, quizá deba cortármelo. Elicia se sentía mal. Culpable. Como si hubiese hecho algo incorrecto, como si fuera su culpa que su corazón no pudiese corresponder a Alexis. ¿Acaso debería haber fingido que le gustaba? No, eso sólo les haría más daño a ambos. Quizá fue demasiado dura con él, y no tuvo la delicadeza necesaria. Incómoda, dio una vuelta más.

Quizá mañana las cosas vayan mejor, pensó. Y se durmió.

Como siempre, los sueños la acogieron con los brazos abiertos, deseando mostrarle cosas nuevas cada vez. Elicia sonrió en sueños, y se destapó con cuidado. Se incorporó lentamente, casi sin darse cuenta.

Un prado lleno de flores cálidas se extendía sin fin ante sus ojos. Con una risa, Elicia fue a retozar entre las flores corriendo por la vereda. Se sentía libre.

Caminó muy despacio hasta la puerta de su habitación. Tenía los ojos cerrados y extendía los brazos por puro instinto, en un vano intento para no golpearse contra las cosas. Intentó abrir la puerta. Estaba cerrada. Casi de forma automática se agachó…

Elicia se agachó para coger una flor.

…y sacó la llave de su habitación que descansaba bajo un peluche. Su madre no contaba con que había hecho una copia de la llave que le impedía llegar más lejos en sus sueños. Abrió la puerta y salió al pasillo, caminando lentamente como un zombi. No, no como un zombi, sino como una sonámbula.

Caminó tambaleándose por el pasillo, chocando contra algunas paredes.

El paisaje había cambiado. Ahora corría entre los árboles. Chocaba contra estos, y sus enormes troncos la abrazaban en un cálido gesto natural.

Chocó ligeramente contra la puerta de su casa. Aún con los ojos cerrados se frotó la nariz dolorida, y se agachó para coger la brillante llave plateada que siempre descansaba bajo el felpudo. Una vez que la tuvo entre sus dedos abrió la puerta, y salió de casa.

De repente, estaba en un castillo. Un castillo enorme, asombrosamente grande. Era…era de cristal. La puerta estaba cerrada. Miró a su alrededor, y bajo un rosal descubrió una enorme llave de cobre oxidado. Abrió la puerta del palacio lentamente.

¿Qué había detrás del cristal…?

Iba descalza, pero no podía sentir la frialdad de la acera bajo la planta de sus pies. Tampoco notaba el viento aullante que le rasgaba las mejillas y la hacía llorar. Menos aún los silbidos ante su corta indumentaria ni los chillidos indignados. Ella seguía caminando. Hacia adelante, atravesando el sueño de cristal.

Los coches pitaban, las luces iluminaban su pequeño cuerpo cruzando carreteras y avanzando por avenidas. Se empezó a adentrar en un callejón oscuro.

El palacio de cristal cambió. Se volvió oscuro, negro. Negro como la boca del lobo que quería devorarla. Tan oscuro…demasiado oscuro. Asustada, Elicia corría. Corría lejos, a algún lugar donde nunca, nadie pudiera atraparla. Corría por un pasillo eternamente largo, que no parecía tener fin. Hasta llegó al final. Y daba paso a un enorme, enorme acantilado. Un paso en falso y caería.

Sólo uno.

Sin saber cómo, Elicia avanzaba por un callejón oscuro, tan oscuro como el pasillo de su sueño. Avanzaba por él, a tientas, clavándose vidrios y suciedad en los pies, sintiendo a los pequeños animales escabullirse y a los gatos maullar. Claro, que Elicia no se daba cuenta de todo eso. Tampoco se dio cuenta de que el suelo estaba manchado de color rojo. Rojo sangre.

Se empapó los pies de un líquido que no sentía, y no oyó el cuchillo que cayó al suelo con un sonido sordo.

. . .

Había sido un trabajo sencillo. Matarlo en un callejón cualquiera, esconder el cuerpo en un latón de basura. Que no quedaran marcas, todo muy cuidado. No era gran cosa por la que preocuparse; a esa hora de la noche nadie pasaría por allí. Arturo Jiménez no estaba teniendo una buena racha. Cómo asesino a sueldo, empezaba a cobrar poco. Al contrario que en las películas, no todo el mundo necesita cargarse a alguien. O al menos no tienen el dinero suficiente.

Quizá deba bajar mi cuota, pensaba Arturo, mientras arrastraba con pesadez el cadáver de Joaquín Torres. Con una tupida peluca rubia, y de espaldas, se había hecho pasar por una prostituta cualquiera. Joaquín cayó. Esa fue su tumba. Arturo le clavó un cuchillo en el pecho, sin un sonido, y sin un sonido, lo vio desangrarse lentamente. La oscuridad los protegía. Después, intentó arrastrar el cuerpo al latón más cercano. Pesaba bastante, así que iba lento.

No esperó que una niña, una adolescente apareciera de golpe allí, en lo más profundo del callejón más oscuro, del peor barrio de la ciudad. Dejó caer el cuchillo con un gemido sordo. Mierda, mierda. Lo iba a denunciar. Estaba bien frito. ¡Joder, más valía que le pagara un suplemento por la muerte de esa chiquilla! Escondió el frío cadáver de Joaquín tras un contén, y recogió el cuchillo del suelo. Sería una cosa sencilla…

. . .

Elicia seguía dormida. Profundamente dormida, víctima de un sonambulismo, que quizás podría ser mortal. Pero claro, ella no lo sabía. De forma ausente, movió la cabeza a un lado. No oía, veía o sentía. Se sentía presa de su sueño. Por una vez, tuvo miedo. Elicia dio la vuelta y se alejó lentamente en dirección contraria a dónde iba.

Arturo Jiménez la miró sin comprender. ¿Por qué no corría si se había dado cuenta de sus intenciones?

Elicia miró el profundo abismo que desembocaba en un mar celeste. Pensó que podría saltar, que sería agradable sentir el agua en sus pies. Pero de repente vio el mar tornarse rojo, y el cuerpo de alguien flotar en el agua. Junto a ella, un hombre alto y con sonrisa gatuna, alzaba un cuchillo. Miró a sus espaldas, al pasillo oscuro y tenebroso por el que había ido. Dio media vuelta, y echó a correr por el pasillo.

Elicia aceleró el paso. Por alguna razón, echó a correr. Nunca recordaría haber corrido tan rápido como aquella vez. Volaba por las calles sucias, con los pies sangrantes y vistiendo un corto pijama. Todo un espectáculo. Arturo la dejó ir. No podía arriesgarse a ir tras ella en plena calle. Pero en ese mismo momento decidió que se iba a deshacer de ella. No quería cabos sueltos con ese cliente; y pese a lo extraña que era, una testigo era mucho más que un cabo suelto.

Era una desgracia.

4.03.2010

Capítulo I - Parte I

Hichi :3
Como veis, el prólogo no ha sido muy revelador, pero ahora venimos con un mini-cachito del primer cap (:
Enjoy!
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1

¡Auch!

Elicia llevaba todo el día tratando de hacer un dibujo trascendental, o así denominaba ella a todas aquellas obras que veía y le hacían sentir chiquitita. Aquella noche había terminado en el salón con la ventana abierta y el fresco viento de la noche llenándole las fosas nasales con alegría, y ella quería transmitir al papel lo que había vivido en realidad: a las dos de la madrugada se había encontrado en el suelo un billete para un viaje en barco, y lo siguiente que recuerda es estar disfrutando de la brisa marina con un rubio despampanante a su lado y una copa en la mano.

Comenzó a deslizar con delicadeza el lápiz sobre el papel con la esperanza de que su torpeza no deshiciera el trazo que tenía en mente, y rezando por que la mina del lápiz no se quebrase en un momento tan crítico. Sacó la lengua como muestra de concentración y siguió dibujando su elegante vestimenta. Deseó entonces tener un cuerpo tan estilizado como el que lucía en su sueño.

Se levantó, pensativa y se miró al espejo que había junto al escritorio. Paseó sus verdes ojos por cada curva de su cuerpo, adivinando su tímida barriguita bajo el pijama y sus regordetes muslos. Sus pechos no eran nada del otro mundo y su figura apenas variaba en su recorrido. Llevó una mano a su cabello, aquello a lo que más aprecio tenía y lo que más cambiaba a lo largo del mes. Hoy era rubia, pero mañana podría ser morena. Tal vez se hubiese teñido el flequillo de rosa, o se hubiese puesto mechas azules, o simplemente pudo haberlo rizado. A fin de cuentas, los cambios de look eran los que la hacían sentirse diferente cada día para no caer en la monotonía. La gente decía que tenía unos ojos preciosos, pero eso a ella le daba igual, con su pelo se sentía satisfecha. Tenía una nariz pequeña y respingona y unos labios carnosos que alguno que otro deseaba en secreto, y también vestía una pálida piel durante todo el año. Ella no se preocupaba por disimular las pecas que adornaban su rostro cada verano ni por oscurecer su piel de cualquier manera si su cuerpo ni el sol deseaban que fuera así. Ella era como era, y, excepto en los días en que Ausonia era su mayor compañera, solía quererse tal cual, sin cambios.

—¡Elicia! –Chilló una voz femenina— es Alexis–dijo, acercándole el teléfono inalámbrico a su hija, que abandonó su análisis físico para entregarse al aparato y por consiguiente a su interlocutor.

—Gracias, mamá –una vez tuvo el teléfono en la oreja hizo un gesto con la mano a su madre para que abandonara su dormitorio.

Se aclaró la garganta y se acercó a la ventana. Era algo que solía hacer, la ayudaba a centrarse en la conversación y no desviarse del tema, y sobretodo, la ayudaba a mantenerse serena si las noticias que le comunicaban no eran buenas. Pero este no era el caso.

—¿Elicia? –preguntó Alexis desde el otro lado.

—Sí, ¿qué tal?

—Bien, bien… oye, te… ¿te apetece quedar mañana por la tarde? –dijo él, dubitativo.

—Sí, ¿por qué no? –Contestó ella, que no captó la indirecta que envolvía el tono de voz de Alexis— ¿quiénes van?

—Tú y… y yo.

—Ah, ¿y los demás? –Seguía ella en sus trece— podría venir Ana, o…

—Eli, la idea era que quedáramos… nosotros.

Elicia todavía no estaba segura de lo que el chico intentaba decirle, y mientras lo averiguaba, contemplaba las nubes fijamente.

—Y… ¿por qué no pueden venir los demás? –quiso saber.

El chico comenzaba a desesperarse. Quiso habérselo dicho todo sin tapujos, pero su forma de ser evitaba tales locuras, y se veía solo, barajando tropecientas indirectas, pero ninguna que diera en el clavo para darle a entender a su especial amiga, que quería una cita; una cita con ella.

—Porque no les interesa lo que quiero contarte.

—¿Y eso por qué?

—Porque sólo lo puedes oír tú. Bueno, y yo –matizó.

—¿Y no me lo puedes decir por teléfono?

—¡Eli! –Se quejó Alexis— ¿qué pasa? ¿Ya has adivinado mis intenciones y te estás haciendo la tonta porque no quieres salir conmigo o qué pasa? ¡Explícamelo, Elicia! –pidió, exasperado y avergonzado por la situación.

Entonces Elicia pudo entenderlo. Dos palabras habían sido la clave que le había desvelado el porqué de aquella extraña charla entre su amigo y ella misma. Se llevó el dedo índice a los labios y abrió los ojos, como si hubiese descubierto en el cielo una nave nodriza de color verde fosforescente.

Elicia se vio entonces paseando con Alexis de la mano por la calle, pero su nube se vio quebrada por la realidad, y era que Alexis jamás había despertado en ella otro interés que el de la amistad. Era un gran compañero de luchas en los videojuegos, era un excelente profesor de ajedrez y era, sobretodo, un excelente amigo. ¡Pero nada más! Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, su mente barajó un sinfín de posibilidades que llevar a cabo en ese momento y las consecuencias que podrían traer a realizar cada una de ellas. Pero no fue capaz de elegir una.

—Yo… Alexis es que… tengo una montaña de deberes –mintió, muy a su pesar.

—Te puedo ayudar –dijo, con voz triste.

—Es que quiero hacerlo yo sola –se excusó.

—Vale, ya lo capto. No quieres salir conmigo –sentenció Alexis, abatido, dejando ir un suspiro.

—Yo… si yo te valoro como amigo. Quiero decir, no pienses que no eres nada para mí, eres algo muy importante…

—Pero no soy lo que tú buscas.

—No, supongo que no. Pero verás como hay alguien que sí que te quiere y…

—¿Estás diciéndome que no me quieres? –tergiversó, sabiendo que su interlocutora lo negaría, dándose pie a sí mismo a buscar un “te quiero” escondido en sus palabras. Sabía que ella era como él en el amor, y que no sabría expresarlo de manera directa. Era su atisbo de luz.

—¡No! –Exclamó Elicia— ¡te estoy diciendo que no quiero salir contigo! –y en el peor momento fue en el que la muchacha decidió ser directa y sincera a la vez, y eso fue lo que Alexis no tenía planeado. Él esperaba una respuesta de esas que te llenan de esperanza pero que en el fondo sabes que siguen siendo un “no” y que, a pesar de todo, consuelan como no consuela nada en este mundo.

Lo siguiente que oyó Elicia tras el teléfono fue el sonido intermitente de que la persona que hablaba al otro lado había colgado. Sintió algo extraño en el estómago que le hizo pensar que acababa de liarla parda, y a la vez se dio cuenta de que había hecho bien dejándole las cosas claras, ahora solo quedaba arreglar la bonita y ahora deteriorada amistad que ambos habían tenido.

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